29
Nov

Misa indígena de la Novena de Caacupé – 28 de Noviembre 2021

Queridos hermanos obispos:

  • Mons. Ricardo como óga jára,
  • Mons Lucio como presidente de esta santa misa,

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos,

Queridas hermanas y hermanos religiosos y consagrados,

Queridas hermanas laicas y hermanos laicos todos.

Hoy es un día de un nuevo comienzo:

  • Es el primer domingo de Adviento, este tiempo tan precioso que prepara nuestras mentes y nuestros corazones para el nacimiento del Salvador;
  • Y con eso, también es el inicio del nuevo año litúrgico: el Año C, en el cual nos acompaña San Lucas con su hermoso evangelio;
  • También empezamos en el Paraguay el tercer año del trienio, que nuestros obispos nos ofrecen: el año del laicado. Por eso, nuestro tema de la misa es: Los laicos, incorporados a Cristo por el bautismo;
  • Y es el primer día de la Novena, en preparación de la fiesta de nuestra patrona, la Virgen de Caacupé, en cuya casa nos encontramos. En el marco de esta novena, hoy celebramos – como todos los años – la misa de los indígenas.
  • Por eso, un saludo muy especial a las hermanas y los hermanos indígenas, presentes acá y por medio de los diferentes medios de comunicación: muchos han deseado venir, pero todavía hubo muchas dudas por la situación de la pandemia. Al menos, este año ya podemos celebrar con las puertas abiertas.

      Aparte de tantas novedades, hay también cosas que quedan, continúan – cosas buenas y también dificultades y vicios.

  • Justamente, el virus Covid 19 se queda con nosotros; parece que ya consiguió ciudadanía. Ciertamente, nos cuesta convivir con él. Hasta, algunos no quieren aceptar todavía su presencia y las medidas requeridas para protegerse y proteger al prójimo.
  • Preocupa ver, cuánta gente ahora no puede lograr tener lo necesario para vivir decentemente.
  • Preocupa ver, que estudiantes quedan sin la necesaria educación.
  • Y más todavía preocupa ver, cuánta gente sabe aprovecharse de esta situación…
  • Lo que queda también es la situación amenazante para nuestro medio ambiente:
  • Nuevos récord en temperaturas, en prolongación de sequías, en niveles bajos de ríos;
  • Y sin embargo seguimos desmontando, sobre todo en el Chaco (en la parte oriental ya no hay mucho que desmontar); seguimos envenenando aire, tierra y agua, como si fuera natural.
  • Y ni siquiera a nivel internacional logramos pasos decididos para salvar nuestra “casa común”, como mostró la cumbre COP 26 en Glasgow, hace pocas semanas.
  • Con todo eso, no es de sorprender que queda también – y empeora – el drama de los desalojos, porque el hambre de tierra por parte de los agro-empresarios es insaciable. Da pena y vergüenza que tenemos que volver a mencionar eso año tras año: indígenas y campesinos despojados de su tierra, desalojados muchas veces sin piedad y con violencia.
  • Hace sólo un poco más de una semana; cruel desalojo de la comunidad Hugua Po’i (en Raúl Arsenio Oviedo). Es llamativo que hay cientos de policías para tales desalojos – mientras que en nuestros barrios urbanos la gente se queja de la falta de seguridad…
  • Frente a esta realidad impresiona: indígenas reaccionando pacíficamente en Cerrito – rezando por los desalojadores con su baile sagrado jeroky ñembo’ë.
  • Otro ejemplo son los indígenas de Ka’a Poty, donde una múltiple superposición de títulos les deja desprotegidos. La “justicia” que consiguieron es solamente parcial: 40% de du propiedad se les devuelve. 
  • Se fueron a manifestarse en la capital – como tantos otros grupos. Tantas manifestaciones – manifiestan también algo: un creciente malestar sobre un gobierno que no solo muestra poca voluntad o capacidad de frenar la vigente corrupción; sino evoca la pregunta: ¿quiénes manejan realmente nuestro querido Paraguay?
  • Más todavía, los indígenas son tratados de la peor forma, si un diario se dedica a ellos con un lenguaje, que auto-descualifica al periódico y a su autor. – ¡Exigimos respeto a todos!
  • Y en este contexto se promulga en tiempo récord y bajo presión una ley – la Ley 6.830 – que se presta a criminalizar a indígenas, como a campesinos, que luchan por su derecho a un pedazo de tierra, reconocido por la Constitución Nacional; bajo el pretexto de la protección de la propiedad privada. – ¡Exigimos que se derogue esta ley!
  • Vale la pena leer lo que nuestro Papa Francisco repite como antigua enseñanza de la Iglesia: que la propiedad privada no es un derecho absoluto (Fratelli Tutti 120); como, sí, lo es: la dignidad humana.
  • Para los que opinan que los indígenas ya tienen más tierra de lo que necesitan, sea dicho: que con 1.163.127 Ha, todos los indígenas del Paraguay no disponen ni del 3% del territorio nacional – o sea: ni lejos lo que sería su derecho según la Constitución. ¡Mientras que 12.000 personas son dueños de 30 mio de hectáreas!  – ¡Exigimos que cesen los desalojos!
  • El hecho que en nuestro país hay más de 400 comunidades indígenas que todavía no tienen seguridad titular sobre su territorio – ¡es una vergüenza nacional! Igual que las 300.000 familias de campesinos que no poseen ni 1 m cuadrado de tierra propia… – ¡Exigimos una reforma agraria verdadera!

En esta situación calamitosa es bueno escuchar la voz de nuestros obispos, quienes en un reciente comunicado nos invitan “…a acompañar a nuestra gente del campo, a reflexionar sobre la problemática de la tierra, crear conciencia y asistir a las víctimas de injusticia. Urge impulsar un proyecto para promover la reforma agraria.

Parece escrito para nosotros hoy lo que el profeta Jeremías nos dice en la primera lectura, prometiendo con las palabras de Yahvé, que hará justicia y derecho en la tierra. ¡Cómo nos hace falta esta justicia! ¡Cómo quisiéramos llamar nuestro Paraguay también “Señor-nuestra-justicia”! Queremos, necesitamos justicia para todos – todos los que formamos esta gran familia del Paraguay. Porque todos tenemos la misma dignidad – y deberíamos tener los mismos derechos, también los que ahora sufren desalojos. ¡Cómo están ellos anhelando la promesa del profeta, que “estará a salvo Judá y Jersualén y habitará segura”. En el Paraguay, casi todos somos cristianos, renacidos del mismo bautismo, que nos dignifica como sacerdotes, reyes y profetas: ustedes, los laicos; y algunos con una vocación al orden sagrado:

  • Sacerdotes, que quiere decir: poder comunicarnos siempre directamente con Dios;
  • Reyes, que significa: ninguna autoridad puede imponerse sobre nuestra conciencia, bien formada;
  • Y profetas: con el derecho y deber de anunciar la Buena Nueva; y denunciar todo lo que impide su llegada.

Este nuevo año está dedicado a todos ustedes como laicos, para fortalecer y vivir plenamente su vocación de bautizados. Como San Pablo nos dice en su carta a los Tesalonicenses – la más antigua que tenemos de él: “vivan conforme a lo que han aprendido … para agradar a Dios

Evidentemente, no agradan a Dios, ni viven “santos e inmaculados ante Dios”  los que

  • Emplean violencia;
  • Criminalizan a los que luchan por sus derechos legítimos;
  • Se aprovechan de la pobreza y miseria de sus prójimos;
  • Practican la corrupción;
  • Denigran los que son diferentes.

Ciertamente, las culturas de nuestros pueblos indígenas son diferentes en muchos aspectos. Justo en su hermosa carta “Fratelli Tutti”, el Papa nos anima a reconocer y disfrutar la riqueza de los diversos dones del Espíritu Santo, quien precisamente nos une en toda diversidad (v. FT 10, 96, 100, 280).

Y así valorar la vocación de piedra viva de la iglesia, cada uno en su estado de vida – algunos como diáconos, sacerdotes y obispos, otros como laicos. El laicado no es una vocación inferior. Son ustedes, las laicas y los laicos, quienes realizan su vocación, cuando se meten en la política – pero una política cristiana, política de amor (como dice Papa Francisco: Fratelli Tutti, 180, 186), política sin corrupción y provecho propio, sino que sirva al bienestar de todo el pueblo. Quienes realizan su vocación, cuando se mueven en el mundo de los negocios – pero no para enriquecerse a costa de otros; sino trabajando para el “Buen Vivir” de todos – este paradigma que nos enseñan muchos pueblos indígenas.

Lo que debemos promover y quizás aprender mejor todavía es: el caminar juntos. Para eso hay una palabra que ahora solemos escuchar más y más: la sinodalidad. Caminar juntos, entre laicos y los que hemos recibido el orden sagrado, entre hombres y mujeres, jóvenes y mayores, indígenas y no indígenas; cada uno con su ritmo, su experiencia, sus necesidades, pero escuchándonos, apoyándonos, amándonos entre todos. Todos juntos formamos ese cuerpo, del cual Cristo es la cabeza. Eso es el camino de la sinodalidad, el camino para llegar a la asamblea eclesial que nos propone Papa Francisco. ¿No será eso, lo que nos presenta Lucas en el evangelio de hoy con estas imágenes:

  • Poder experimentar la presencia del “Hijo del Hombre que llega en una nube con gran poder y gloria”?
  • Donde todos estamos despiertos y orando incesantemente.

Pongámonos en este camino, juntos, hacia un mundo mejor, un Paraguay como lo anhelamos y merecemos. ¡Qué mejor momento que este comienzo del nuevo año, este Adviento! ¡Qué mejor lugar, que Caacupé, hogar de nuestra Madre! Ella, que es mujer del camino, quiere acompañarnos, para formar esa iglesia, que acompaña la vida, sostiene la esperanza, ser signo de unidad […] para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliación (Fratelli Tutti, 276).

  • Virgen de Caacupé, ¡ven con nosotros!
  • C’amimielh, atsinôôichielh cun!
  • Tupasÿ Ka’akupe, oremoïrúkena!