La mayoría de los latinoamericanos, han tenido hasta hace poco, una fuerte relación telúrico-cósmica en su vivencia religiosa, aunque lastimosamente hoy se está disminuyendo a causa del influjo avasallador del materialismo que considera a la tierra y lo que produce un gratuito y aprovechable recurso mercantil. La fuerte influencia de una mentalidad, capitalista y consumista, incentiva nuestra actual economía globalizada y tiende a homogeneizar las culturas y debilitar la rica diversidad cultural. Sabemos que el cambio de época exige visiones nuevas y propuestas alternativas que muchas veces ya no encuadran con los esquemas establecidos. Incluso, muchos de ellos han sido importados, impuestos o copiados de afuera.

Sin embargo, había tiempos y aún existen culturas de pueblos de Abya Yala que contemplan a la tierra como un lugar sagrado. Por ejemplo, el P. Meliá cuenta que los Mbyá guaraní aman tanto a la tierra que, al verla parcelada por nosotros, los blancos, lo sufren como si descuartizáramos a la propia madre. Pues la tierra es madre de todos y esto nos hace hermanos.

También la misma Biblia tiene una visión sagrada de la tierra. Moisés alejado de su pueblo sin tierra, está angustiándose por el  sufrimiento  de opresión del pueblo en tierra ajena. En este momento se identifica con el sufrimiento y la preocupación del mismo Dios de sus padres. está percibiendo este momento sagrado como una zarza ardiendo y está escuchando que “el lugar donde estás, es tierra sagrada” (Ex 3,2) y más adelante continúa el mensaje: “He visto la angustia de mi pueblo y he escuchado su clamor…”. La liberación es que tenga tierra para poder convivir como un pueblo unido en igualdad social. Tierra y convivencia van unidos,

La historia nos enseña para tiempos de crisis hay que volver a las propias raíces y arrancar a partir de ellas en busca de nuevos caminos.

Cada día tomamos más consciencia del progresivo deterioro ambiental y poco a poco nos convencemos que hoy no podemos solucionar nuestros problemas meramente con la tecnología, pues para las nuevas situaciones deben surgir soluciones de una nueva cosmovisión enraizada en las culturas de la tierra en la que vivimos nuestra vida.

La Iglesia latinoamericana, personificada hoy en un papa latinoamericano, está consciente de este nuevo desafío. El papa inició esta búsqueda de nuevos caminos con su encíclicaLaudato Sí´.

La Madre Tierra abre nuevos caminos (Laudato Sí)

Preocupado por esta crisis existencial, el papa Francisco, se ha dirigido en 2015 al Pueblo de Dios con su encíclica Laudato Si y también llama“a cada persona que habita este planeta… intentando entrar en diálogo con ellos acerca de nuestra casa común” (LS 3). Por primera vez en la historia eclesial salió una encíclica papal, dedicada a toda la humanidad compartiendo una preocupación y utopía común de toda la humanidad: la Casa Común, nuestra Madre Tierra.

Laudato Síinspirada por la cosmovisión indígenas

Los primeros hijos de esta tierra, los pueblos originarios, han dado a esta tierra el título de “Madre” para expresar su íntima interrelación con ella.   Parece que el papa Francisco se dejó inspirar por esta visión integral de la unión entre el cosmos y la humanidad. En su encíclica Laudato Sí, él adentra respetuosamente en las culturas ancestrales de Abya Yala y descubre en ellas un inmenso conocimiento de la naturaleza. Reconoce que nosotros, los cristianos y nuestra sociedad occidental, lo hemos perdido en gran parte, al vivir y expresar nuestra fe cristiana en la cultura occidental. Esta, por su carácter más urbano y antropocéntrico, ha olvidado en su desarrollo tecnológico y científico esta interrelación tan vital y existencial para el ser humano. Menos algunas excepciones, los blancos no hemos dado mucha importancia a la Tierra como un ser vivo. Desde miles de años los pueblos indígenas sabían cuidarla con respeto y cariño en una relación filial: se sienten hijos de la Madre Tierra. Hasta hoy son capaces y saben entrar en su rumbo y caminar armónicamente con su ritmo. El papa Francisco afirma que tal visión de la tierra es un aporte vital para toda la humanidad y también a la Iglesia. Él lo explicita diciendo que nuestra sociedad humana necesita un nuevo modo de relacionarnos con la tierra, ya que somos parte de ella y de su vida.

Pero para eso hace falta un cambio de mentalidad (metanoia) que nos posibilita construir una nueva identidad desde una convivencia más fraterna entre nosotros junto con la tierra. Textualmente nos pide que roguemos por la “gracia de sentirnos íntimamente unidos con todo lo que existe” (LS 246): el cosmos, el planeta, la naturaleza, los organismos vivos; y nos propone reconocer a la naturaleza como un libro en el cual Dios nos habla y nos refleja algo de su hermosura y bondad. A través de sus creaturas, se reconoce por analogía al autor”, pues “la naturaleza es una fuente de revelación”, suele repetir muchas veces (por ejemplo: LS 12). Está recordándonos que esta tierra que estamos habitando hoy, ha marcado la cosmovisión que los pueblos indígenas y reconoce que

“Las comunidades originarias no son una simple minoría entre otras, sino deben convertirse en los principales interlocutores(en un diálogo intercultural-interreligioso)…Para ellos, la tierra no es un bien económico, sino un don de Dios y de los antepasados…un espacio sagrado con el cual necesitan interactuar para sostener su identidad y sus valores. Cuando permanecen en sus territorios, son precisamente ellos los que mejor los cuidan” LS 146).

Este importantísimo aporte indígena de la tierra, no siempre es mencionado explícitamente en la encíclica, pero casi toda la visión integral de la ecología se basa en tal cosmovisión original de nuestro Continente. Por humanidad y respeto, los pueblos originarios tienen todo el derecho de seguir caminando con su propia cultura y seguir haciendo su propia historia. Hay que respetar a cada pueblo indígena con su largo proceso histórico de su propia cultura (cf. LS 145), pues sabemos que cada cultura quiere llegar a más vida, si no, se trataría de una “cultura de muerte”. Por tanto, en sus múltiples encuentros (y a veces desencuentros) con otras culturas, deben hacer discernimientos profundos sobre los elementos de culturas ajenas que quieren integrar, si ayudan a ahondar y enriquecer la propia cultura o la empobrece o liquida. Hoy día, con la cultura del mercado, hay una amenaza de una globalización cultural que extingue la diversidad necesaria la que -en encuentros y diálogos interculturales- enriquece y complementa y hace crecer a cada una.

Laudato Sinos invita a una ecología integral

El Leitmotiv de esta encíclica se llama: todo está interrelacionado (LS cf. 137.138). En la ecología integral deben estar incorporados las distintas dimensiones de la vida, así como ya en las diferentes dimensiones humanas.

El papa define en esta encíclica el Medio Ambiente como una relación entre la naturaleza y la sociedad humana (LS 139); se trata de la interrelación entre todos los organismos vivientes entre sí, en y con el lugar ambiental en donde se están desarrollando. Todas estas especies vivas conforman una red, un ecosistema, que se caracteriza por la particularidad de tales organismos en este espacio determinado: así conforman una unidad mayor. Hemos olvidado que también nosotros, los humanos, formamos parte de esta unidad, cosa que hasta hoy no queremos reconocer bastante; y es esto lo que más le preocupa al papa: “los actuales conocimientos fragmentarios y aislados pueden convertirse en una forma de ignorancia si se resisten a integrarse en una visión más amplia de la realidad. Pues como todo está interrelacionado, los humanos estamos incluidos en la naturaleza: somos parte de ella y estamos inter-penetrados” (LS 137.138.139). Así queda más claro que nuestra naturaleza humana está hecha para la interrelación con la tierra como parte de la naturaleza ecológica. Coherentemente podemos concluir que esta interrelación exige también una interacción entre los sistemas ambientales entre sí y con los sistemas sociales humanos. El papa lo aclara muy bien:

“No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental”(LS 139).

La encíclicaLaudato Si quiere dar con el término “ecología integral” una nueva visión de la vida humana en su relación con la vida de la tierra. Manifiesta una interdependencia existencial entre lo ecológico y lo social. El papa dice claramente que “somos tierra” (LS 2). Esta cosmovisión tiene sus raíces en la cosmovisión de los pueblos originarios. Desde esta nueva y tan antigua visión, Francisco está cuestionando nuestra relación humana hoy con todo lo demás creado. Habla del “Evangelio de la Creación” (cf. Título del cap. II); y llama a María “madre y reina de todo lo creado” (LS. 241).  La creación debería ser “sagrada” para nosotros, así como es para los indígenas. Con esta visión, la encíclica quiere despertar nuestra consciencia que todos somos corresponsables por el cuidado de la tierra, pues “destruir la tierra es destruir la vida”.

Concluyo este tema con el testimonio de un indígena de Perú al escuchar Laudato Sí:

“En un contexto tan complejo como el que vivimos, Laudato Sí llegó después de siglos de espera para apoyar y reforzar las luchas de nuestros pueblos en nombre de nuestras selvas, montes y tierras de las que formamos parte como si fuéramos un solo ser”.

El papa nos comparte su aprendizaje en su visita a los pueblos indígenas

La visita del papa en enero 2018 a Puerto Maldonado/Perú ha sido muy importante que iban a marcar después las líneas generales del Sínodo en Roma el año siguiente. Con esta visita, Francisco había entrado en contacto directo con la población indígena, viviendo entre ellos en la exuberante selva de la Amazonía. Tuvo la oportunidad de dialogar con diversas personas y comunidades indígenas de allí. Su profundo impacto se refleja hoy en los discursos posteriores. He aquí algunas palabras suyas que irradian su impacto en otra forma de lenguaje:

“Gracias por ayudarnos a ver más de cerca en vuestros rostros el reflejo de esta tierra: un rostro plural, de una variedad infinita y de una enorme riqueza biológica, cultural, espiritual. Necesitamos de vuestra sabiduría y conocimiento para poder adentrarnos, sin destruir, el tesoro que encierra esta región…He querido venir a visitarlos y escucharlos, para estar juntos en el corazón de la Iglesia, unirnos a sus desafíos y con ustedes reafirmar una opción sincera por la defensa de la vida, de la tierra y de las culturas.

Considero imprescindible realizar esfuerzos para generar espacios institucionales de respeto, reconocimiento y diálogo con los pueblos nativos; asumiendo y rescatando la cultura, lengua, tradiciones, derechos y espiritualidad que les son propias. El reconocimiento y el diálogo será el mejor camino para transformar las históricas relaciones marcadas por la exclusión y la discriminación.

Que sean los propios pueblos originarios y comunidades los guardianes de los bosques. Este “buen hacer” va en sintonía con las prácticas del “buen vivir” que descubrimos en la sabiduría de nuestros pueblos…

Ustedes con su vida son un grito a la conciencia de un estilo de vida que no logra dimensionar los costes del mismo. Ustedes son memoria viva de la misión que Dios nos ha encomendado a todos: cuidar la Casa Común. La defensa de la tierra no tiene otra finalidad que no sea la defensa de la vida. El reconocimiento de la convivencia de sus pueblos con la naturaleza, nos recuerda que no somos poseedores absolutos de la creación. Urge asumir el aporte esencial que ustedes brindan a la sociedad toda…Su cosmovisión, su sabiduría, tienen mucho que enseñarnos…Escuchen a los ancianos, ellos tienen una sabiduría que les pone en contacto con lo trascendente y les hace descubrir lo presencial de la vida.

 Cristo también se encarnó en una cultura, la hebrea, y, a partir de ella, se nos regaló como novedad a todos los pueblos, de manera que cada uno, desde su propia identidad, se sienta autoafirmado en Él. Cada cultura y cada cosmovisión que recibe el Evangelio, enriquece a la Iglesia con la visión de una nueva faceta del rostro de Cristo.

Necesitamos que los pueblos originarios moldeen culturalmente las iglesias locales. De esta manera, dialogando, puedan plasmar una Iglesia con rostro indígena” (F.PM, enero 2018).

Conclusión

Podemos aprender a través de estos dos documentos testimoniales del papa Francisco, que nuestra relación con la tierra es inherente a nosotros, y si se rompe, sería una “desnaturalización” (LS 66), es decir, una deshumanización. Con la ruptura del ser humano con la tierra, se rompe también nuestra relación en armonía con los demás y con Dios (LS 70). El papa enfatiza que la tierra nos precedo y nos ha sido dado, por tanto, no somos dios y dueño de la creación. Toda la vida de la naturaleza tiene leyes internas que el ser humano debe respetar (LS 69); más: éstas deben regir también la vida del género humano. Ya “con “sabiduría Dios fundó la tierra” (Pr 3,19).

Y más aún: Todos los organismos diversos están interrelacionados, formando una sola trama sagrada de la vida. De tal manera que cada territorio da una determinada pero limitada posibilidad a los seres humanos que lo eligieron como lugar de convivencia. Insertarse en tal lugar es admitir que “la tierra se pegue a la planta de sus pies”. Cada paisaje concreto, cada medio ambiente concreto, induce a sus habitantes a crear una cultura particular. Los asentados se dejan inspirar por las condiciones biológicas, climáticas, geológicas y topográficas que el lugar les ofrece. El concreto pedazo biótico de la tierra desafía a los que quieren habitarlo, a convivir con ella y formar con ella una comunidad familiar. En este tono sumamente familiar hablaba San Francisco de Asísde las “bondades” que la tierra ofrece y les llama: “hermana sol, hermana luna, hermana agua, hermana y madre tierra…”.

El Instrumentum Laboris para el sínodo de Amazonía enfatiza que el territorio, más que un espacio geográfico, es un lugar concreto de convivencia entre tierra y hombres que “genera una cultura particular en donde se manifiesta la reserva de vida y de sabiduría que habla de la Creación y manifiesta “las caricias del Creador” que se encarnan en la historia” (cf. I.L. 19). Dice el papa que el suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios (LS 84). Es una “fuente particular de la revelación de Dios desde donde se vive su fe en la cultura del grupo” cf. LS. 12).

En los discursos de Puerto Maldonado/Perú, el papa quiso expresar su propia experiencia de conversión que sus visitas a las comunidades indígenas Amazonía le habían impulsado. Sus palabras sugieren que le acompañemos en un proceso que él mismo inició, proceso de desaprender y reaprender con el corazón abierto a los aportes desconocidos y complementarios, que nos puede dar el mundo indígena, raíz de la identidad amazónica y de todos los demás países latinoamericanos.

Cada vez más la Iglesia reconoce, que la fe debe estar vivida en la propia cultura: “Una fe que no se haga cultura propia, no es una fe plenamente acogida, no plenamente pensada, no plenamente vivida” dijo S. Juan Pablo II, tres veces en distintos lugares (1988). Esto implica concretamente que la fe cristiana necesita expresarse en la cosmovisión de la propia cultura y debe ser vivida en forma de iglesias autóctonas, interrelacionadas entre ellas.

Mediante estos documentos, el papa nos ha señalado ya un nuevo camino de la Iglesia: La interrelación en interdependencia entre la vida orgánica de la naturaleza de la tierra y la vida social de la humanidad. Para la construcción de una Iglesia más latinoamericana, él nos invita reconocer y acoger las culturas indígenas con toda su sabiduría de vida. Pueden y deben ser las raíces de las nuevas iglesias autóctonas locales.

CONAPI, Bimestral abril 2022

Reflexión teológico-intercultural

Margot Bremer rscj