PRINCIPALES DESAFÍOS QUE LA REALIDAD DE HOY

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Jueves, 29 de Septiembre de 2016
 

PRINCIPALES DESAFÍOS QUE LA REALIDAD DE HOY

PLANTEA A LA PASTORAL INDIGENA

 

P. Eleazar López Hernández

CENAMI. Mayo 2004

 

 

Introducción

 

Traigo a la consideración de todos un racimo de reflexiones personales y colectivas que he hecho o recogido de múltiples reuniones donde hermanas y hermanos en la fe han manifestado su palabra sobre lo que más afecta la vida de nuestros pueblos indígenas en la coyuntura actual. No pretendo decir la última palabra al respecto, sino propiciar la reflexión sobre asuntos que merecen nuestra preocupación de pueblos y de Iglesia.

En los tiempos actuales los pueblos indígenas de México y de cualquier parte del mundo se hallan en la encrucijada histórica de: o sucumbir para siempre aplastados por la modernidad galopante que los niega y excluye, o llegar a ser el germen de vida de una nueva presencia humana en el futuro. Por ese motivo muchos desafíos pesan hoy sobre los pueblos originarios; y casi todos se transfieren también a quienes se han hecho solidarios de su causa, especialmente de quienes los sirven desde la pastoral indígena de la Iglesia. Que los indígenas quedemos en la tumba o que venzamos sobre los poderes de la muerte con una resurrección gloriosa, depende desde luego de Aquel que no abandona al Hijo a la corrupción de la carne, pero en gran medida depende también de nuestras estrategias humanas para ganar la vida que no se acaba. Analicemos un poco estos desafíos.

 

I. DESAFÍOS PROVENIENTES DEL MUNDO GLOBALIZADO

 

El desafío de la muerte total.

La vida de las comunidades indígenas, hoy más que nunca, está amenazada de raíz por la implantación de un modelo de sociedad que pone el lucro y el dinero por encima del valor humano. Al mirar todo bajo la lógica de la plusvalía y de las ganancias, este modelo crea formas muy eficaces de generación-exclusión-aniquilamiento de los pobres (abarcando también a los indígenas) por no tener éstos valor de cambio o por no funcionar competitivamente según la lógica del mercado. Los pocos bienes y recursos que aún se encuentran en poder de las comunidades nativas están siendo presionadas a entrar al mercado por la buena o por la mala. Los megaproyectos de desarrollo se están engullendo rápidamente las tierras, los ríos, el agua, las playas, los recursos naturales, las plantas, el subsuelo de los indígenas. En todo el territorio nacional tenemos muchos testimonios al respecto. Esta situación de angustia existencial plantea interrogantes que deben interpelar a las conciencias civiles y religiosas, pues están tocando cuestiones que afectan a la esencia y convivencia humana; no son sólo preocupaciones académicas o de discusiones teológicas bizantinas.

·         ¿Qué hacer frente a esta guerra de exterminio de los pobres?

·         ¿De qué manera las comunidades indígenas podrán defender con éxito sus reductos de vida frente a este monstruo devorador de minerales, bosques y hasta de humanos?

·         ¿Cómo fortalecer la cohesión interna de las comunidades para que los embates del exterior no las destruyan?

·         ¿Cómo entrar en este mercado desigual sin ser engullidos y luego desechados por él como basura?

·         ¿Qué hacer para crear, recrear o fortalecer las formas propias de producción, comercialización, abasto y consumo de las comunidades en vista a su autosuficiencia económica –garantía de autonomía- que no sólo haga posible la sobrevivencia, sino la realización de los anhelos de vida de nuestros pueblos?

Estos son los principales retos que el modelo imperante plantea a nuestros pueblos. Y van unidos a otros desafíos no menos importantes.

 


El desafío de la emigración masiva

Es un hecho innegable que cada vez es un número mayor la cantidad de gente indígena que sale de sus comunidades hacia los polos de producción agrícola o industrial dentro y fuera del país. Algunas cifras señalan que son más los que se van que los que se quedan. En las comunidades de origen permanecen únicamente l@s enferm@s, l@s ancian@s y l@s niñ@s. El despoblamiento indígena de los territorios ancestrales tiene hoy dimensiones parecidas al despoblamiento producido inmediatamente después de la conquista de hace 500 años. Este fenómeno necesariamente afecta de forma negativa la integración familiar, social, cultural y religiosa de los que migran y de los que se quedan.

Deberíamos conocer mejor los datos de esta dramática realidad social a fin de saber actuar adecuadamente frente a ella. Sin embargo, no podemos mirarla únicamente como amenaza, como caos que destruye y desintegra, sino también como ocasión para una nueva creación, para un relanzamiento indígena en contextos modernos. Existen razones para ver la migración como una oportunidad de interacción de pueblos y culturas diferentes, como una ocasión propicia para el intercambio cultural de diversidades con enriquecimientos mutuos, como desafío para sobrevivir en contextos adversos y como una posibilidad de capitalización de las comunidades, y de recreación de sus culturas en la universalidad. Esto nos lleva a plantearnos las siguientes interrogantes:

·         ¿Qué hacer para retener con dignidad el mayor número posible de indígenas dentro de sus comunidades de origen con proyectos alternativos que aseguren la autosuficiencia alimentaria?

·         ¿Cómo acompañar a los que salen para ayudarlos a defenderse de los peligros que los acechan contra sus personas y sus valores culturales tanto en el camino, como en el punto de llegada?

·         ¿Qué hacer para propiciar formas consistentes de conservación y/o recreación de la cultura indígena en la modernidad, así como de diálogo intercultural en los nuevos contextos a los que migran?

·         ¿Qué hacer para sacar el máximo provecho a las ventajas que tiene la emigración?

·         ¿Cómo acompañar a quienes se quedan para que, con los recursos recibidos de los migrantes, se reconstituyan las comunidades y sus culturas?

·         ¿Cómo interactuar con las iglesias que reciben a los migrantes indígenas para que les acojan y ofrezcan espacios pastorales acordes a su idiosincrasia?

Sobre este asunto que atrae la preocupación pastoral de la Iglesia, volveré más adelante para hacer algunas reflexiones que ayuden a entender mejor el fenómeno y a vislumbrar posibles caminos de solución.

 

El desafío del narcotráfico

Es un hecho innegable que buen número de miembros de comunidades indígenas se ha visto involucrado en la siembra, custodia, tráfico y consumo de estupefacientes, con la consecuente degradación del mundo indígena en todos los niveles. Muchos son obligados a armarse para defender los intereses de las mafias y cárteles, lo que los lleva a cometer crímenes y actos fuera de la ley contra otras personas y a menudo también en contra de sus propios hermanos. Las cárceles federales están llenas de indígenas que ingenuamente o a sabiendas se han metido al narcotráfico; los panteones también están saturados de víctimas indígenas del narcotráfico. Esta es una de las ingerencias más nocivas del mundo exterior hacia el indígena que trastoca de manera terrible todos los componentes de su vida, obligándolo a ponerse al servicio de la muerte. Quienes se involucran difícilmente salen vivos de esta situación.

·         ¿Qué hacer para impedir el involucramiento de indígenas en el problema de las drogas?

·         ¿Qué alternativas económicas dar a quienes entraron a la narcoeconomía por hambre o manipulación?

·         ¿Cómo frenar la narcocultura que impacta fuertemente a las nuevas generaciones tanto indígenas como mestizas?

·         ¿De qué manera ayudar eficazmente a las víctimas indígenas de la drogadicción y de las violencias generadas por el narcotráfico?

 


El desafío de la construcción de la paz

La paz es cada vez un bien deseado vitalmente por las comunidades indígenas. La Iglesia y la sociedad mexicana están cada día más conscientes de la necesidad de la paz para el bien de todos; sin embargo a la hora de dar contenido a esta paz, los intereses de grupos parecen imposibles de converger. Y es que la paz no es sólo el desarme de los grupos armados, sino la construcción de condiciones estructurales que resuelvan de raíz las causas de la violencia. La paz tiene que ser fruto de la justicia. Lo que supone necesariamente un nuevo marco legal para los pueblos indígenas y un nuevo proyecto de nación donde quepamos todos con dignidad.

·         ¿Qué hacer para desarmar efectivamente a los grupos armados tanto indígenas como no indígenas?

·         ¿Cómo parar de inmediato la escalada de violencia contra los indígenas?

·         ¿Cómo hacer conciencia mayor en tod@s l@s mexican@s de la necesidad de reconocer los derechos específicos de los pueblos indígenas dentro de la Carta magna de la Nación y de las leyes estatales, de manera que se retome pronto la elaboración de un marco jurídico justo de derechos y cultura indígena?

·         ¿Cómo echar a andar la aplicación de la ley indígena, una vez aprobada, cuando existen tantas trabas para hacerlo, dentro del gobierno, de la sociedad e incluso dentro de las comunidades?

 

El desafío de la pluriculturalidad

El futuro que se avecina no es exclusivamente de los indígenas, sino de todos en una pluralidad de lenguas, culturas y modos distintos de entender el mundo y la vida dentro de este mundo. La pluralidad supone respeto, convivencia y diálogo intercultural con los que son diferentes. Tanto los mestizos de la sociedad mexicana como los indígenas de las comunidades no estamos preparados para asumir con orgullo nuestra identidad y al mismo tiempo respetar y convivir con las identidades de los demás.

·         ¿Cómo construir esta pluriculturalidad en México cuando venimos de una intolerancia secular basada en la monoculturalidad, monoeducación, monorreligiosidad y demás monos que excluyen o niegan el valor de lo diverso y diferente?

·         ¿Cómo prepararnos a vivir fructíferamente la diversidad cultural en las comunidades indígenas y mestizas teniendo en cuenta que en unos existen complejos de superioridad (racismo) y en otros de inferioridad?

·         ¿Qué hacer para abrir espacios en escuelas y centros de formación para proporcionar, a la par de los contenidos clásicos de la educación, conocimientos específicos de las culturas indígenas y de otras culturas presentes en la sociedad nacional?

·         ¿Cómo crear condiciones nuevas de conocimiento, respeto, diálogo y colaboración entre personas de culturas distintas?

 

 

II. DESAFÍOS EN LA IGLESIA

 

¿Cómo incorporar en los esquemas de la Iglesia la identidad/alteridad indígena?

El encuentro de los indígenas con la Iglesia no siempre se ha caracterizado por el respeto a nuestra identidad/alteridad. Todo lo contrario: la actitud prevalente ha sido acabar con la identidad  indígena como requisito sine qua non para entrar en la Iglesia y para recibir los ministerios, sobre todo, los jerárquicos. “Me mandas adonde no ando y no paro” dijo Juan Diego a la Virgen de Guadalupe, cuando ella lo envió con el obispo Fr. Juan de Zumárraga. Para los indios no ha habido todavía un lugar digno dentro de las estructuras eclesiales. Los indígenas convertidos al cristianismo hemos tenido que renunciar a nuestra identidad o a ocultarla debajo de muchas máscaras para poder ser aceptados. Los sacerdotes, pastores y religiosas indígenas somos los más afectados por esta especie de esquizofrenia provocada por una mala formación recibida de conventos y seminarios.

En contrapartida el Papa Juan Pablo II ha lanzado a la Iglesia entera al desafío estimulante de reconocer el derecho de los indígenas a su espacio cultural, vital y social necesarios para una vida digna como personas y como pueblos; al reconocimiento de la diversidad cultural como manifestación de la identidad católica –universal- del pueblo de Dios; a la aceptación de que se puede llegar a Dios sin renunciar a la propia identidad, dejándose iluminar por la luz de Cristo, que renueva el espíritu religioso de las mejores tradiciones de los pueblos. El Santo Padre sostiene que San Juan Diego Cuauhtlatoatzin es el testimonio de que se puede acoger el mensaje cristiano sin renunciar a la identidad indígena.[1]

·         ¿Cómo dar viabilidad a los anhelos inculturizadores cuando por siglos hemos actuado como Iglesia con una perspectiva monocultural e impositiva de la perspectiva dominante?

·         ¿Cómo levantar la autoestima indígena por lo propio, cuando muchos ya interiorizaron que no vale lo suyo o que no es digno de vehicular las cosas oficiales de Dios y de la Iglesia?

·         ¿Qué hacer para que el rescate de lo indígena no sea visto como anacrónico, de museo o alienante de la realidad actual?

·         ¿Cómo meter en la Iglesia, en sus esquemas oficiales de teología, liturgia, ministerios, los contenidos propios del mundo indígena sin romper la comunión eclesial?

 

El desafío de la adultez indígena

Hace más de 10 años los sacerdotes indígenas expresamos abiertamente nuestra palabra a las iglesias, en ocasión de los 500 años de evangelización; en ese contexto, trayendo la voz de las hermanas y hermanos, dijimos: “Los pueblos indígenas, aunque empobrecidos y desvalidos por causa de la opresión que pesa por siglos sobre nuestros hombros, no deseamos ser tratados con paternalismos degradantes que nos reducen a la categoría de niños incapaces de valerse por sí mismos. Somos adultos y como tales exigimos ser tratados en la sociedad y en las iglesias. En consecuencia, requerimos de nuestros pastores que nos tomen en cuenta en las decisiones eclesiales que afectan a nuestra vida de fe; que nos consideren verdaderos interlocutores eclesiales” (Sacerdotes indígenas, aporte al Celam III, 1992).

Un profeta de los tiempos recientes, el Tata Bartolomé Carrasco, arzobispo de Oaxaca, de feliz memoria, recogió esta voz indígena intraeclesial y también otras voces indígenas que venían de fuera de la estructura eclesiástica, y manifestó el deseo de incorporarlas en la Iglesia. Su inquietud pastoral aún resuena en la región Pacífico sur: “Con estos indígenas crecidos y adultos, -que tienen conciencia, voz y organización propia-, debemos dialogar, en adelante, nuestras propuestas pastorales. No importa que, por el momento, no sean ellos el sector mayoritario de la población indígena. Ya que, querámoslo o no, ellos son ahora la conciencia crítica de los demás; de modo que tarde o temprano su voz alcanzará espacios todavía más amplios. No le tengamos miedo a este reto, pues de él saldrán ellos más crecidos en su personalidad y nuestra Iglesia se purificará haciéndose más transparente y congruente con su misión que no es colonizadora, sino evangelizadora” (Mons. Bartolomé Carrasco, Homilía sobre la inculturación del evangelio en 1993).

·         ¿Cómo viabilizar en la Iglesia la incorporación real y efectiva no sólo del laico indígena, sino de todos los laicos y laicas que forman la base mayoritaria de la Iglesia, cuando en nuestros esquemas de funcionamiento eclesiástico priva todavía un sentimiento de miedo o menosprecio de los laicos? ¿Y cuando se confunde la participación del laico con una mal vista ‘democratización de la Iglesia?

·         ¿Qué tipo de cambios debemos hacer en las estructuras eclesiásticas para reconocer que las comunidades indígenas cristianas no sólo participan o pertenecen a la Iglesia sino que son sujetos de derecho en cuanto que son la Iglesia del lugar? En otras palabras ¿qué hacer para que la voz, la conducción y la representación de las iglesias locales no recaiga unipersonalmente en el párroco o en los agentes de pastoral (mayoritariamente extraños a la comunidad), sino en la asamblea local de cristianos?

·         ¿Qué tipo de diálogo hemos de implementar dentro de la Iglesia entre bases indígenas cristianas y Pastores sin que las diferencias por carismas y ministerios diversos nos desunan y nos enfrenten?

·         ¿Cómo crear la comunión intraeclesial entre pastores y laicos que exprese adecuadamente la diversidad de ministerios y carismas junto con la necesaria articulación de todos en el cuerpo místico de Cristo?

 

El desafío de la inculturación en serio

La inculturación del evangelio, de la iglesia, de los sacramentos, de la teología es una de las propuestas más alentadoras e innovadoras de nuestros tiempos, frente a la alteridad de las culturas del mundo. Con ella la misión evangelizadora adquiere nuevo dinamismo y orientación. Los Obispos de América latina afirman: "La  inculturación del Evangelio es...una labor que se realiza en el proyecto de cada pueblo, fortaleciendo su identidad y liberándolo de los poderes de la muerte" (SD 13). Por eso "una meta de la evangelización inculturada será siempre la salvación y liberación integral de un determinado pueblo o grupo humano, que fortalezca su identidad y confíe en su futuro específico" (SD 243).

La idea fundamental que anima a la inculturación es que la presencia de Dios y de su Hijo Jesucristo, y la salvación no llegan a los pueblos a partir de la palabra del evangelizador foráneo; sino que son realidades antecedentes a la cualquier acción evangelizadora. Porque ellas son obra del Espíritu que sopla donde quiere. El Espíritu de Dios ha estado y está presente y operante, en toda creatura, en todo tiempo y lugar, independientemente de la evangelización e incluso independientemente de que se sea o no consciente de esta presencia; "porque con el hombre -cada hombre sin excepción alguna- se ha unido Cristo de algún modo, incluso cuando ese hombre no es consciente de ello" (RH 14). "El Espíritu ofrece al hombre 'su luz y su fuerza... a fin de que pueda responder a su máxima vocación'; mediante el Espíritu 'el hombre llega  por la fe a contemplar y saborear el misterio del plan divino'; más aún 'debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma que sólo Dios conoce, se asocien a este misterio pascual' " (RMi 28). Por eso el Papa Juan pablo II pudo decir a los indígenas en Santo Domingo: "Hace ahora 500 años el Evangelio de Jesucristo llegó a vuestros pueblos. Pero ya antes, y sin que acaso lo sospecharan, el Dios vivo y verdadero estaba presente iluminando sus caminos. El Apóstol San Juan nos dice que el Verbo, el Hijo de Dios, 'es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que llega a este mundo' " (Juan Pablo II, Mensaje a los indígenas, Santo Domingo 1992).

En base a estos principios la Iglesia no puede plantearse una "evangelización de las culturas como un proceso de destrucción, sino de reconocimiento, consolidación y fortalecimiento de dichos valores (preexistentes en los pueblos); una contribución al crecimiento de los 'gérmenes del Verbo' presentes en las culturas" (DP 401). Por eso para "ofrecer el Evangelio de Jesús" al pueblo es necesaria "una actitud humilde, comprensiva y profética valorando su palabra a través de un diálogo respetuoso, franco y fraterno" (SD 248).

Sin embargo, la práctica de estos ideales inculturizadores está muy lejos de ser realidad cotidiana para nuestros pueblos. Los acontecimientos del pasado lo atestiguan y las incongruencias del presente lo ratifican; por eso hay hermanos indígenas que cuestionan de raíz la credibilidad de los nuevos intentos de acercamiento eclesial a los pueblos indígenas, porque lo consideran ‘eufemismos’ de una institución religiosa que históricamente ha sido y seguirá siendo ‘supraestructura’ de la sociedad colonial, cuya función es el reforzamiento del sistema, antes de manera intolerante pero ahora mediante engañosas metodologías de acercamiento, de absorción, de inculturación[2].

Estas voces críticas ciertamente lastiman nuestros oídos, pero recordemos lo que Don Bartolomé q.e.p.d señaló al respecto: “Con estos indígenas crecidos y adultos, -que tienen conciencia, voz y organización propia-, debemos dialogar, en adelante, nuestras propuestas pastorales”.

  • ¿Cómo hacer creíble ante los hermanos más conscientes que hoy nuestra Iglesia en verdad ha dado un cambio copernicano en su relación con los pueblos indígenas, convirtiéndose en aliada desinteresada de las luchas y de la causa indígena?
  • ¿Cómo transformar en hechos incuestionables los hermosos documentos eclesiales (del Papa, del Celam, de las Conferencias nacionales de Obispos, de distinguidos Pastores) que tenemos respecto a los pueblos indígenas?
  • ¿De qué manera llevar a cabo el diálogo intercultural e interreligioso con los pueblos indígenas sin que la Iglesia se sienta agredida o amenazada en sus dogmas y en sus estructuras de gobierno?

 

El desafío de las flores y espinas  de la Iglesia autóctona.

La Iglesia autóctona entendida como fruto de la inculturación del evangelio entre los indígenas o como apropiación indígena de la Iglesia con todo lo que implica, es otro de los grandes desafíos de la acción eclesial en estos tiempos. El Concilio Vaticano II en su Decreto sobre la actividad misionera, nos habla de la formación de iglesias arraigadas profundamente en la vida social y en las riquezas culturales de la propia nación que, provistas de sacerdotes nativos, pronto sean capaces de satisfacer sus propias necesidades porque cuentan con ministerios e instituciones propias necesarias para vivir y dilatar la vida cristiana del Pueblo de Dios, bajo la guía del Obispo propio. Esto implica aprender a compaginar en la práctica legítima autoctonía con comunión entre iglesias y sobre todo comunión con Pedro en Roma.

Ser iglesia autóctona no significa convertirse en una secta dentro de la Cristiandad, ni reducirse a iglesia étnica, donde sólo caben los de una cultura; sino ser iglesia de Cristo, es decir, responder, desde nuestras particularidades históricas y culturales, a la convocación de Dios para ser su pueblo, su familia, junto con otros hermanos y hermanas que vienen de realidades humanas diferentes. Esta convocación a la unidad no anula la legítima diversidad. Aunque en la práctica histórica misionera, la aspiración de los pueblos indios de mantener su diversidad y autonomía religiosa se ha topado con un esquema de Cristianismo que impuso sus condiciones de manera intolerante o tiene miedo de soltar demasiado las riendas de la Iglesia a manos indígenas. La primera evangelización del Continente negó la posibilidad de que los vencidos conserváramos el alma indígena dentro de la Iglesia. Había que renunciar por completo a las antiguas creencias para hacernos cristianos. Por eso no hubo dialogo interreligioso. El Cristianismo español no admitía ninguna competencia ni de los “Moros”, ni de los herejes protestantes, ni mucho menos de las antiguas religiones de nuestros pueblos. Esto fue lo que oficialmente se planteó; pero el pueblo, al margen de los misioneros, unió en su vida ambas vertientes religiosas: la antigua y la cristiana.

El desafío actual en la Iglesia es mostrar que con la nueva evangelización es posible superar la intolerancia primera. Es el sentido de la lucha que, dentro de la Iglesia, estamos dando quienes siendo de extracción indígena nos hemos hecho cristianos y servimos pastoralmente a nuestros hermanos. Sabemos que el problema es complejo, pero somos optimistas en urgir y esperar de la Iglesia transformaciones audaces, profundamente innovadoras de su ser y de su actuar.

Somos conscientes de que autoctonía y autonomía a menudo chocan en nuestros esquemas eclesiales. A veces parece que se quisiera afirmar que es posible conceder la autoctonía sin ceder en la autonomía, y esto por causa de la comunión eclesial, para evitar sectarismos, separatismos o encerramientos. Sin embargo ambas derechos están interconectados y se implican necesariamente. No se puede ser autóctono sin tener un grado suficiente de autonomía. El asunto es saber exactamente cuál el grado de autonomía que hace falta y cómo evitar que esa autonomía eclesial no nos separe de la comunión ni nos convierta en secta.

Con la autoctonía/autonomía los pueblos indios no pretendemos un retorno romántico y acrítico a las etapas precolombinas de nuestra historia, como si fuera posible hacer a un lado los 500 años. Más bien queremos asumir con responsabilidad histórica la posibilidad de reformular en libertad nuestra cultura y espiritualidad creando nuevas modalidades de ser o apropiándonos del exterior lo que nuestros pueblos consideran positivo para su vida. Si nuestras comunidades ya han incorporado de Occidente muchos elementos reformulándolos, esto lo tenemos que hacer en adelante de manera abierta y permitida; no subrepticiamente y a escondidas como lo hemos hecho hasta ahora.

  • ¿Cómo ayudar a nuestra Iglesia misionera a avanzar decididamente hacia el surgimiento de las iglesias autóctonas indígenas arraigadas profundamente en la vida social y en las riquezas culturales del lugar, provistas de sacerdotes nativos, capaces de satisfacer sus propias necesidades, con ministerios e instituciones propias necesarias para vivir y dilatar la vida cristiana del Pueblo de Dios y bajo la guía del Obispo propio?
  • ¿Como curar en  nuestras hermanas y hermanos indígenas heridas del pasado y superar la desconfianza de antaño, que llevan a deseos de revanchismo, de encerramiento o de choques frontales con los no indígenas?
  • ¿Qué hacer para que fluya el diálogo respetuoso, sereno y fraterno entre bases indígenas cristianas y dirigentes de la Iglesia, sin ofensas ni descalificaciones mutuas?

En este proceso la Teología india ha hecho en los últimos años un camino de diálogo intraeclesial muy importante, que deberíamos conocer más ampliamente para aprender de su metodología y de sus características. Porque no cabe duda que, a pesar de las espinas, las flores prevalecieron en nuestras milpas eclesiales. Desde esta nueva práctica teológico-pastoral podemos ser cristianos diferentes en cultura, espiritualidad y teología y, al mismo tiempo, sentarnos en la mesa del Señor manteniendo siempre nuestra condición de hermanos en la misma fe.

 


III. DESAFÍOS INTERNOS DE LAS COM UNIDADES INDÍGENAS

 

El desafío de la violencia

La desesperación por la pobreza y la miseria que aumentan día con día ha llevado a muchos indígenas a optar por la violencia como única solución a sus problemas. Nos referimos no sólo al EZLN y al EPR o al ERPI, sino a otros grupos armados (real o mentalmente) que imponen o tratan de imponer su ley a los demás, y a aquellos que se hacen justicia con su propia mano porque ya no creen en las instituciones de impartición de justicia; aquellos que se matan entre hermanos por cuestiones mínimas de tierras, bosques, divisiones políticas o religiosas. La violencia está entrando rápidamente a las comunidades indígenas con consecuencias verdaderamente desastrosas. Los estragos son notorios.

·         ¿Qué hacer para frenar esta escalada de violencia antes que termine de destruir por completo la vida de las comunidades?

·         ¿Qué alternativas ofrecer para la solución de los conflictos entre las comunidades y personas?

·         ¿Cómo reconciliar a pueblos y comunidades marcados profundamente por las consecuencias de la violencia?

·         ¿Cómo sanar las heridas de la guerra y sus otras consecuencias?

 

Divisiones internas de las comunidades

 Como resultado de intromisiones de partidos, iglesias, sectas, ogns. programas gubernamentales, y también por causa de intereses de personas o grupos internos, o por problemas añejos sin resolver, las comunidades indígenas se hallan actualmente muy divididas. Cada vez resulta más difícil hacer asambleas y tomar decisiones verdaderamente comunitarias, las tradiciones están decayendo, y no hay tequios ni a quiénes entregar los cargos y servicios que mantienen la vida de la comunidad.

  • ¿Cómo volver a tejer la trama rota de las relaciones comunitarias?
  • ¿Cómo reconstituir la fuerza de la comunidad que se expresa en las tradiciones, fiestas, cargos y servicios?
  • ¿Qué hacer para que los apoyos externos de partidos, iglesias, sectas, ogns. programas gubernamentales, no causen o agraven la división en las comunidades?

 

El desafío de transmitir la cultura a las nuevas generaciones

Uno de los problemas que aparece más seguido en el diálogo con los mayores dentro de las comunidades indígenas es que las  nuevas generaciones no se interesan por las cosas de la cultura de sus padres. La escuela y los medios de comunicación les han ganado el corazón, de manera que ya no quieren seguir con las tradiciones familiares. Por falta de una endoculturación efectiva empieza a haber en las comunidades una ruptura importante de generaciones, que, de no resolverse, puede conducir a la muerte cultural de los pueblos indios. En la medida en que ya no haya a quien entregar la continuidad de las culturas indígenas, éstas empezarán a  marchitarse y a morir junto con los ancian@s y sabi@s.

            Si bien las culturas indígenas se han reproducido tradicionalmente en una matriz agrícola, ellas tienen posibilidades de recrearse en matrices de ciudad y de modernidad. Ellas pueden interactuar con el contexto actual y habrá que acompañarlas para ello.

  • ¿Cómo impedir esta muerte cultural de nuestros pueblos?
  • ¿Qué herramientas de conocimiento y transmisión de estos conocimientos habrá que elaborar con las comunidades para la recreación de la cultura?
  • ¿Cómo fortalecer el rol de la mujer como trasmisora principal de la cultura y de la espiritualidad del pueblo?

 


ALGUNAS REFLEXIONES ADICIONALES SOBRE MIGRACIÓN INDÍGENA

 

La migración es un problema grave y trae consecuencias desastrosas para el mantenimiento y reproducción de la comunidad, de la cultura y de la espiritualidad de los pueblos indígenas. Contra estas consecuencias habrá que prepararnos como pueblos y como Iglesia a fin de evitar la hecatombe a la que puede conducir. Pero la migración, por otro lado, es una magnífica oportunidad para la revitalización, recreación o reformulación de las culturas metidas en nuevos contextos que son extremadamente desafiantes. Las culturas indígenas tienen la capacidad de salir airosas y fortalecidas de esta coyuntura. La globalización neoliberal pone a los pueblos al borde del abismo impulsándolos a aventarse al vacío del suicidio colectivo como única alternativa que les ofrece. Y eso hicieron los Chiapas hace 500 años. Sin embargo, como lo  atestigua la historia, nuestros pueblos tienen también la posibilidad de reinventarse y recrearse dentro de la modernidad y de la globalización. En otras palabras tienen, en sus mitos y sueños de futuro, propuestas de vida que están más allá de esta coyuntura actual, porque pueden ser universales, es decir, para toda la humanidad, en cuanto que rescatan elementos válidos para todos los seres humanos, sean indígenas o no. Más aún los pueblos indígenas, migrando a los centros de poder en el mundo, llevan al interior de la Bestia, las células madres de sus utopías ancestrales, que necesariamente transformarán las estructuras i

 

 

 

 

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