BEBER EL AGUA DEL PROPIO POZO, CAMINO HACIA LA PLENITUD

Compartir este link

Jueves, 29 de Septiembre de 2016
 

BEBER EL AGUA DEL PROPIO POZO, CAMINO HACIA  LA PLENITUD  - Prov 5,15

                                                                                                          Margot Bremer rscj

 

Con frecuencia escuchamos: “todo cambia, pero la identidad no”. Tienen razón los que lo dicen en cuanto admiten que la identidad debe permanecer, pero no será siempre la misma. Hoy día reconocemos que la identidad es muy dinámica: está en permanente construcción, deconstrucción y reconstrucción, a partir de un núcleo que permanece. Lo estamos experimentando día a día, tanto a nivel personal como nacional (1). Constatamos que los grandes cambios culturales casi siempre conducen a grandes interrogantes sobre la identidad. Ahora bien: ¿nuestra identidad tiene que ver algo con  nuestra búsqueda de plenitud humana?

 

Construcción de la Identidad

En este momento de cambio de época percibimos que tampoco la identidad es inmutable. La entendemos hoy como construcción de sistemas de relaciones y representaciones muy dinámicas (2).

El proceso de construcción de nuestra identidad se inicia con la necesidad de reflexionar sobre nosotros mismo. Surge de un profundo sentido de pertenencia de sentirnos parte de nuestro pueblo, de nuestra sociedad con el cual compartimos una misma raíz histórica, el mismo universo simbólico, la misma visión de la vida. Nuestra cultura común nos ha marcado en nuestro ser y nos ha generado este sentido de pertenencia. Es nuestra “mismidad”.

Pero eso no es todo; la construcción de nuestra identidad se da en forma dialéctica. Es decir, construimos nuestra identidad en el encuentro y diálogo con el Otro (alter), el diferente. Ese diálogo nos impulsa a una reflexión sobre nosotros mismos y nos hace reconocernos de una manera nueva. Nos lleva a un diálogo ad intra, hacia dentro, diría R. Panikkar (3) que comienza con una búsqueda profunda, una convicción de estar en camino, en peregrinaje hacia la plenitud de nosotros mismos. Punto de partida es la  afirmación de nuestra existencia y de nuestro ser que lleva a una sana autoestima. Es decir, a partir de la diferencia del otro, tomamos más conciencia de la pertenencia a lo “nuestro”. La alteridad es tan importante como la mismidad en la construcción de la identidad, ya que una posibilita la otra. No existe una mismidad viva y consciente sin una alteridad. La identidad, por lo tanto, la construimos mediante el diálogo entre pertenencia y diferencia, entre identificación y  diferenciación.

            En esa dialéctica chocamos con  fronteras simbólicas (4), fronteras imaginarias  que sirven para delimitar bien ambos “territorios” y para saber bien el espacio en donde cada uno puede ejercer su “soberanía”. La violación de esas fronteras simbólicas puede llegar a ser motivo de grandes conflictos.

            Sin embargo, en peregrinaje hacia la plenitud, no es posible considerar inmóviles a nuestras fronteras simbólicas, sino como parte del crecimiento y de la construcción de nuestra humanidad en plenitud. Más bien tenemos que entenderlas como demarcaciones sociales e imaginarias con cierta flexibilidad. Todo depende de la calidad de relaciones que establecemos con los diferentes. Allí entramos en ese movimiento dialéctico, condicionado, también por los cambios históricos. En este dinamismo se modifican nuestras fronteras simbólicas entre pertenencia y diferencia. Si no les sometemos a este dinamismo, nuestra identidad quedaría rígida.

Reconocemos que nuestra identidad se construye, destruye y reconstruye en un permanente proceso de interrelaciones e interacciones las que estamos tejiendo día a día con los otros. No podemos olvidar que tanto las culturas como las identidades no son naturales; son construcciones humanas en estado de permanente recreación, impulsado por los cambios históricos y efectuado por el diálogo intercultural e interreligioso. Referentes importantes de nuestra identidad son la cultura y la religión, expresados a través de universos simbólicos que compartimos comunitariamente. Sin embargo, existe una diferencia entre identidad y la cultura que consiste en el discurso: pues no es lo mismo “ser” que “decir lo que se es” (5). Lo que construye nuestra identidad es la toma de conciencia de lo que somos y nuestra autoafirmación en la pertenencia y en la diferencia.

 

Importancia de la identidad en la Biblia

El pueblo de Israel, como todo pueblo con propia cultura y religión, ha buscado siempre elaborarse una visión de sí mismo que le haya permitido su autoafirmación.  En casi dos milenios y en medio de los vaivenes históricos, el pueblo había intentado construirse su identidad. Justamente las situaciones más críticas generaron las respuestas más vitales; ya que les obligaron hacer una relectura total de su pasado. Al principio de su historia  habían dado prioridad al sentido comunitario dando énfasis en las relaciones entre ellos y hacia dentro y con su Dios (inter e intra). Permanentemente se renovaron en su autoafirmación y se retro-alimentaron de su proyecto originario, repensando su estilo de vida, su credo, su organización de convivencia. Sin embargo, a lo largo, surgieron otras tendencias en el pueblo, más ambiciosas y menos comunitarias las que consiguieron finalmente romper con aquel sueño de comunidad. 

Contra estas nuevas pretensiones alienantes, parte del pueblo puso resistencia y con eso iban creciendo en su auto-comprensión. Con ayuda de los más conscientes, los sabios y profetas, llegaron más al fondo, a lo innegociable de su ser y en eso  se auto-afirmaron. Su relación con Dios  profundizaba simultáneamente. Un ejemplo de esta experiencia es el momento histórico del posexilio, época tenebrosa respecto a la identidad del pueblo judío. Especialmente durante la ocupación griega, ya que tanto  los ptolomeos como los seleucidas dominaron a los pueblos principalmente mediante la cultura helenista. Los responsables del pueblo judío se apropiaron rápidamente de esa cultura “poderosa ” y “superior”, avergonzándose de la propia. A la vez despreciaron al pueblo que quería mantenerse fiel en lo autóctono.

 Aquellos judíos de altos puestos, los que habían traspasado al helenismo, no habían sabido aprovechar el encuentro, aún forzoso, con la alteridad para afirmarse en su pertenencia a la propia cultura, tan diferente a la griega. Con esa aculturación y pérdida de identidad, concibieron también su relación con Dios de otra manera. Al faltarles el dinamismo para la reconstrucción de la propia cultura en el encuentro con la helenista, también se estancó su relación vital con el Dios del pueblo al que pertenecían. Su conciencia y su corazón se endurecieron, y terminaron en una relación de leyes con un Dios de la Vida. Se sentían superiores frente al pueblo sencillo, ya que cumplían con todas las leyes, que el pueblo no podía hacer. Sin embargo, este hecho de marginación causaba en algunos del pueblo una nueva toma de conciencia de su identidad originaria y no querían perderla. Estos elaboraron proyectos de reconstrucción de la identidad de pueblo, disfrazadas como novelas. Con ellas querían concientizar  a sus vecinos al leer y discutirlas en  casa a fin de que se animen a  “ beber su agua del propio pozo”.

 

Jesús, plenitud de la identidad humana

 Jesús, como hijo de su pueblo, conocía también estas novelas; sus sueños del reino se alimentaban con ellas. Al contrario de los “entendidos de la ley”, él , durante toda su vida optó por la “gente pecador” que no podía cumplir con todas las leyes; era vecino y amigo de ellos. Compartía su vida cotidiana con ellos: caminaba, comía, bebía y dormía con ellos, elegía entre ellos sus discípulos. La  situación en que vivían, le desafiaba acompañarles en el camino de recuperar su identidad robada. Quería dinamizar en ellos un proceso de auto-afirmación en lo que es suyo.

 Jesús apelaba sobre todo a la sabiduría popular, encubierta por aquel sistema de leyes; él sabía rescatar y sintetizar toda su riqueza y  ofrecerla como camino hacia el reino. Un ejemplo es el conjunto de las bienaventuranzas; cada una de ellas tomada del gran tesoro de su sabiduría. Propone a la gente el camino de su propia sabiduría popular como camino hacia su propia plenitud humana, novedad que surge de la identidad milenaria del pueblo. Les invita a “beber el agua de su propio pozo” la que él ha saboreado ya (cf. la samaritana). De esta forma Jesús les ayudaba a re-descubrir su identidad, autoafirmarse en ella y avanzar en su camino hacia la plenitud. El sabía hablarles de su vida propia, de su experiencia en la casa, en la huerta y en la chacra, de la semilla, la cizaña y la cosecha, de la lluvia, del sol y del viento, de los pájaros y los lirios del campo. En estos ámbitos ellos habían experimentado la realidad de cambios, crecimientos y plenitudes. Recuperaba su sabiduría primaria, la fidelidad a los principios de la vida (“temor de Dios”). Indirectamente les daba herramientas en la mano para resistir a toda clase de manipulaciones, cosa que aireaba a los responsables de la Ley. Pues el pueblo, al compararle a él con los fariseos, rápidamente se dio cuenta de la diferencia. Los que optaron por Jesús, se identificaron con su propuesta reconociendo que recuperar la sabiduría propia es una cuestión de vida o muerte, ya que con ella no solamente la identidad sino también la plenitud humana están en juego.

            En el modo de enseñar el reino mediante parábolas, Jesús revela un método:  las deja abiertas y termina diciendo:“Quien tenga oídos para oír, que oiga” (Mc 4,9).  Su intención parece ser que los oyentes mismos busquen el significado, arrancando en ellos un proceso de re-identificación con la experiencia de su vida. Con ese método  interpela a su sabiduría enterrada y dinamiza en ellos un proceso de diálogo ad intra que les capacita entender su “buena Nueva” desde el fondo de su ser. Al autoafirmarse en ella se abren a caminar –inter-dialogando e inter-actuando-  hacia más plenitud  humana para todos. En este caminar, Jesús se hace presente y les acompaña  (Emaús).

Hoy día, en nuestra búsqueda de plenitud humana, estamos asaltados y secuestrados por miles de ofertas alienantes que nos impiden llegar a fondo de nosotros mismos, de nuestra sabiduría autóctona, para poder re-aprender a “beber el agua de nuestro propio pozo”. Pero sabemos que estamos acompañados en nuestra búsqueda por Alguien quien comparte nuestra sed.

 

Notas:

1 Un ejemplo es la identidad nacional paraguaya en proceso permanente que explica Luis Galeano en UH 7/8 de junio 2003

2 “Identidad como construcción social constituye un sistema de relaciones y representaciones, resultados de las interacciones, negociaciones e intercambios materiales y simbólicos de constantes transforma- ciones, cargadas de historicidad”: Patricio Guerrero Arias: La Cultura, Quito, Ecuador 2002, p.101

3 Paimon Panikkar: Religión (Diálogo Intra-religioso),en: C. Floristán, J. J. Tamayo: Conceptos fundamentales del Cristianismo, Madrid 1993, pp.1144-1155

4 cf. Lourdes Endara, La Identidad, en: Aportes. Notas sobre cultura, identidad, tradición y modernidad, Quito/Ecuador, 1996, p.15

5 Lourdes Endara, ibid, p.8

6 Patricio Guerrero habla de “selección”, cf. P. Guerrero Arias, La Cultura, p.103  

 

 

 

 

Publicar Comentario

 

Nombre:

Ciudad:

Email:

Comentarios:

 


  Ingresa el Codigo de arriba