Nuevos desafíos para un Cambio de Época.

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Jueves, 27 de Abril de 2017
 

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 Hoy día ha resurgido con fuerza el concepto de «tiempo axial», acuñado por Karl Jaspers (+ 1969). Según el filósofo existencialista, el milenio anterior fue el «tiempo-eje» en el cual se fraguó un nuevo tipo de conciencia de la humanidad, que transformó la a un nuevo nivel de conciencia, la cual nos diferencia radicalmente del período «pre-axial» y en la cual, hoy ya estamos parcialmente instalados.           

También hablamos de “cambio de épocaque es lo mismo. La presente época de tantos cambios a nivel técnico, científico, comunicacional  nos invita a colaborar con ese momento histórico a  cambiar nuestro modo de pensar. Se trata de un gran desafío, que muy pocos se atreven  afrontarlo.

Como todo cambia, también cambia nuestra visión de Dios, de nuestra religión, de nuestra teología, de nuestra Iglesia, de nuestra misión. La época que nos hizo nacer, ha llegado al umbral de una nueva época, y a ella debe dejar lugar. En este momento de transición y despedida necesitamos audacia y coraje para iniciar un proceso de cambio interior, buscando a dar  un primer  paso en concreto, aunque sea pequeño, repensando desde los nuevos paradigmas que se están asomando y que ya tienen nombre, nuestra “vieja” realidad. Ahora, la pregunta es:¿De dónde vienen los nuevos desafíos, los nuevos paradigmas que están emergiendo?

 

Desafío del pluralismo 

Irreversiblemente ha entrado el pluralismo en nuestra época vieja y nos desafía irrevocablemente a una re-interpretación de la visión de nuestro mundo y de nuestra vida bajo todas los aspectos. 

Nuestra religión fue considerada por mucho tiempo como el centro de las religiones, incluso como único acceso a la salvación. Pero al irrumpir el pluralismo -a pesar de que siempre existía- comenzó a cambiar la conciencia humana.  El reclamo a unicidad y absoluticidad en nuestra religión hizo emerger la urgente reelaboración de otra visión que se plasma en una nueva teología nuestra teología, una «teología pluralista”. Todas las afirmaciones teológicas clásicas de exclusividad, de privilegios, de unicidad cristológica están esperando una  re-reformulación.

Hasta hace poco, la Iglesia pensaba la unidad desde la homogeneidad, tanto en su doctrina única, en su rito único, en su pensamiento único, etc. Consideraba al pluralismo como un peligro que puede dividir y relativizar. Hoy, sin embargo, se está imponiendo cada vez más el nuevo paradigma pluralista de la unidad en la diversidad; ya es algo irreversible; pues la verdadera unidad solamente se construye en la diversidad; solamente ella posibilita crecer entre todos, enriqueciendo y complementándose en reciprocidad. Se trata de descubrir la necesidad de ser distintos para aportar algo particular en la construcción de un proyecto histórico de una convivencia entre todos.

 

La Iglesia se manifiesta hasta hoy con su religión en una sola cultura, la occidental. Nació de una alianza estratégica con el impero romano.  Consecuentemente, el concepto de Dios estaba asociado al concepto del emperador (kyrios), fundamentado en una visión patriarcal, también a nivel de  relaciones sociales y políticas.

En el siglo XVI, cierto lenguaje religioso era necesario para colonizar a los nuevos pueblos conquistados. La religión católica fue presentada con un Dios de los vencedores.

 Hoy, la complejidad y el  pluralismo social vienen a cuestionar tal actitud y exigen una deconstrucción para una nueva reconstrucción.

Hoy está emergiendo en algunos lugares de nuestro Continente el  protagonismo de estos pueblos antes dominados, incluso con un proceso emancipatorio respecto a sus culturas, especialmente de los pueblos originarias. El cristianismo se encuentra hoy cuestionado en América Latina en su identidad cultural del Occidente con un concepto dualista (helenista), contrario al concepto criollo e indígena.

El nuevo paradigma pluralista nos invita a repensar el contenido del mensaje cristiano en la cultura concreta en la que cada comunidad cristiana vive se fe.

 

Pluralismo cultural y religioso

La cultura coincide con la visión de la vida y convivencia de cada sociedad que lleva consigo una cosmovisión propia.  Cada cultura se expresa en tradiciones de todo tipo, en estructuras simbólicas y organizativas que sostienen su convivencia comunitaria. La religión es parte esencial de esa construcción; se deja comparar con  la columna vertebral que sostiene y articula  el movimiento de todo el cuerpo. Cada grupo social expresa colectivamente su experiencia de lo sagrado en su  cultura propia, con su lenguaje particular de narraciones, símbolos, imágenes, danzas, música y cantos. (Esa cosmovisión cultural religiosa hoy está reemplazada en gran parte por una línea filosófica, por una utopía de sociedad, ó otros, etc.)

 Para la tradición judeo-cristiana, por ejemplo, el concepto de dios está relacionado con la convivencia como pueblo soberano y se identifica con ese ambiente específico histórico-político de los conflictos y problemas en la organización de su convivencia. Israel reconoce la presencia de su Dios en el proceso de búsqueda de una tierra para poder convivir allí organizadamente, libre de todo tipo de opresión y esclavitud (“Nunca más”). El nombre de Dios JHWH (Ex 3,14: “Yo soy el que estará contigo”) de los hebreos tiene que ver con su visión de la vida como camino. JHWH es por  tanto el dios que “saca” de la esclavitud y lleva a su futuro pueblo a una tierra para una convivencia alternativa. Las características de ese Dios: libertador, cercano, comprometido, al lado de los oprimidos y empobrecidos, caminante,  etc. reflejan las características de la cultura del pueblo. Jesús ha sido hijo y heredero de esa cultura y ha vivido y expresado su visión del Dios de su pueblo en sus códigos culturales populares, no académicos. ¿Nos hemos preguntado alguna vez, en qué medida coinciden los rasgos típicos del dios del pueblo indígena que acompañamos, con los rasgos típicos de su cultura? Y en qué medida la imposición de nuestra religión y cultura, haya cambiado la visión y práctica de su propia cultura y su propia religión?

Hoy, desde la aparición de la Teología de Liberación y la Teología India, Nuestramérica está abriéndose un propio camino de vivir el cristianismo. Los excluidos y empobrecidos hoy son el “lugar sagrado” de una nueva experiencia de Dios, así como lo experimentaron  Moisés y Jesús.

La larga convivencia intercultural europea-indígena, cambió a las culturas indígenas. ¿También a la nuestra occidental? Actualmente estamos desafiados a repensar y buscar una nueva manera específica de expresar nuestra experiencia de Dios en nuevas formas y categorías culturales, aquellas que estamos verdaderamente viviendo hoy. En un mundo definitivamente pluralista no cabe más la defensa del monoteísmo: El pluralismo nos ha dejado experimentar a un Dios en la diversidad trinitaria. Él no es una mónada sino es plural, es comunidad, a esta “imagen” está creado el mundo y hacia allí está convergiendo.

 

 Desafío delNeoliberalismo

Un nuevo desafío en el cambio de época viene de la cultura “mercadológica” actual, por la cual entendemos una absolutización radical del mercado: se quiere imponer el mercado como mediador y medidor de nuestra vida y de nuestras relaciones sociales. Cuando todo es considerado dentro de la lógica utilitarista del mercado, comienza a banalizarse  la vida y perderse los valores tradicionales. El mercado global se articula alrededor de dos polos: la abundancia y la exclusión. Si el primer polo genera un gran individualismo y vaciamiento espiritual, el segundo provoca una gran solidaridad y creatividad espiritual. El pragmatismo del mercado deteriora nuestra ética y produce una apatía generalizada; sobre todo genera una peligrosa indiferencia en relación al sufrimiento de los excluidos. Los principios del mercado son: competitividad, eficiencia, racionalización y funcionamiento; es el cálculo de la propia utilidad.

Esa lógica mercadológica se ha infiltrado también en muchas de nuestras  religiones cristianas. Con su oferta asistencialista y con verdades pragmáticas están consiguiendo corromper los valores fundamentales de la vida humana; su postura es totalmente consumista y utilitarista en las relaciones interhumanas, con Dios, con el cosmos y con la naturaleza.

Por otra parte, esa lógica del mercado desafía a las religiones ofrecer un modelo  ético alternativo para la vida cotidiana y para el trabajo, lugares donde más se  instala el mercado, re-desarrollando los valores de igualdad, de solidaridad, de justicia, de fraternidad y armonía en relación  con los humanos y la naturaleza. También están desafiadas (las religiones) a testimoniar en la vida los derechos básicos como el derecho de ser diferente, formando parte de una gran diversidad de culturas, religiones, etc .  (E. Levinás: “La ética de la otreidad”).

En una palabra, frente a una ideología neoliberal con muchos antivalores que impiden la construcción de una comunidad humana y cósmica,  nosotros/as como Iglesia y como misioneras/os, estamos desafiados a colaborar en la construcción de un paradigma alternativo al neoliberalismo desde nuestra particularidad cristiana de fraternidad, solidaridad, familiaridad e igualdad, camino  hacia la “plenitud de vida”.

 

Desafío de lo ecológico-cósmico

Nuestra Iglesia ha vivido siempre de espaldas a la naturaleza. Sin embargo, la naturaleza es la “placenta cósmica”,  de la que surgimos y de la que fuimos nutridos durante milenios. El modelo dualista occidental clásico (materia/energía. material/inmaterial, física/metafísica, cuerpo/alma, tierra/cielo, esta vida/la otra vida) ha dejado de ser adecuado para nuestra visión actual de la vida. Hoy percibimos el mundo y la vida de otra manera. El modelo mecanicista ha dado paso a un modelo orgánico, interrelacionado e interdependiente, holístico. Hoy nos vemos a nosotros mismos como parte de la naturaleza, rica en diversidad de especies. Es decir, nos concebimos hoy como seres viniendo de la naturaleza: venimos de la Tierra: somos Tierra, una tierra que piensa, que siente y que ama (Leonardo Boff). Nuestro cuerpo está hecho de «polvo de estrellas» (Patricio Guerrero). Somos la “flor última” (José María Vigíl) –hasta ahora– de la evolución de la vida. Llegamos a vivir unidos con la naturaleza en una especie de comunidad cósmica ó universal.

Esta nueva perspectiva en realidad es muy antigua, los pueblos originarios la están viviendo desde hace milenios. Se trata de un redescubrimiento que la naturaleza, el planeta y el cosmos, son la matriz genuina de la vida, del pensamiento y de la convivencia. Esta nueva antigua visión nos desafía a replantear todo nuestro modo de pensar.

 No es más aceptable una religión que no brote desde una profunda sintonía con la naturaleza, con el cosmos. En algún momento cometimos el error de separarnos de nuestra placenta natural, de sobreponernos sobre la naturaleza. Una religión construida de espaldas a la naturaleza  es incomprensible e incompatible con un mundo que está entrando en una nueva época (a pesar de la promoción comercial de los transgénicos y agrotóxicos).

Y la lucha feminista por igualdad de derecho en la diversidad de género, nos ayudó abrir los ojos por una visión nueva de nuestro Dios como Padre-Madre a cuya “imagen” está hecha la humanidad, una humanidad desafiada a complementar y enriquecerse a través de su diversidad a nivel de géneros, de culturas y de religiones..

Conclusión

Lo que decía Gramsci: “El viejo mundo está muriendo. El nuevo demora en aparecer. Y en ese claro-oscuro, nacen los monstruos”, se deja aplicar a nuestra situación actual. Ojalá consigamos superar miedos y afirmaciones fijas para recuperar el auténtico espíritu cristiano. En un diálogo creativo y constructivo con los emergentes paradigmas de la nueva época -dejándonos interpelar y repensar- vamos a avanzar entre todos.

Definitivamente uestro futuro pasa por entrar en otro mundo. El problema es que  muchos sectores de la sociedad están en vía acelerada de transformación, mientras que la  antigua época está acabándose. Por eso es urgente buscar el diálogo entre ambas posturas para que haya una transición orgánica, salvando los valores humanos más profundos mediante un hondo discernimiento. Estamos en la encrucijada de un camino que señala el final de una época y otro que indica el principio de otra nueva.

También los Pueblos Indígenas están involucrados en este cambio de época. Rodeados e invadidos por modelos de pensar y consumir de nuestro mundo, también ellos siguen construyéndose una nueva visión de la vida y del mundo. Si han conservado aún su propia espiritualidad, será posible construirla con esa fuerza espiritual  y constituirla como “base de su horizonte civilizatorio del Buen Vivir”2. Pues hoy estamos descubriendo que lo más nuevo es lo más antiguo. Son los valores auténticamente humanos que los pueblos indígenas en su convivencia podían mantener y desarrollar  (a pesar de)  contra las adversidades de la historia y de los catástrofes.  

Quizás somos la generación humana que ha experimentado una transformación de mayor profundidad de toda la historia, con más cambios, reinterpretaciones, transiciones y saltos cualitativos. Hemos entrado tímidamente  a un cambio axial. ¿Es algo totalmente nuevo? Si estamos atentos, encontramos muchos de estos nuevos paradigmas en los pueblos indígenas. Concluyo con las palabras de un antropólogo americano: “es una de las grandes ironías es que los supuestos civilizadores que dedicaron cinco siglos a evangelizar, explotar y exterminar pueblos nativos, hoy recurren a esos primeros habitantes para rescatar ecosistemas cruciales para la salud del planeta e impedir que el insaciable apetito del “mundo desarrollado” consuma extensiones esenciales

 

 

 

 

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