La descolonización desde el evangelio

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Jueves, 27 de Abril de 2017
 

 

“.... arrastraron a algunos creyentes ante los magistrados de la ciudad, gritando: “estos hombres que han revolucionado todo el mundo, han llegado hasta aquí... Todos ellos van contra los decretos del Cesar y afirman que hay otro rey llamado Jesús”  Hech 17,6-7

Queremos partir aquí de nuestra convicción cristiana de que el Reino de Dios, aquel que Jesucristo anunció e inauguró, no es otro mundo, sino éste mismo, pero totalmente otro.  Para dar pasos hacia este reino y para poder colaborar con su llegada plena, necesitamos un norte en esta tierra, que es la Vida en Plenitud, el Proyecto de Dios desde el “principio de la creación” (Mt 13,35).

Este horizonte se nos cierra fácilmente y con bastante frecuencia, por diferentes razones; he aquí algunas:

-              Por olvidar el proyecto original que constituyó la fundación de nuestro pueblo

-              Por ser dominados por una ideología a ajena que debilita y confunde nuestra identidad

-              Por querer ser poderosos como los demás y copiar su sistema

-              Por no valorar la propia cultura lo que impide una resistencia común

Todos estos motivos también están presentes en la Historia del Pueblo de Dios. En realidad, la Biblia nos transmite las experiencias humanas más profundas, experiencias arquihumanas a través de las cuales nos acercamos al proyecto creacional sobre este mundo. Son momentos en que nos encontramos “desarropados”, es decir, despojados del ropaje de la colonialidad, de la moda, de las “novedades” vigentes en nuestra sociedad; nos encontramos con nada más y nada menos que con nuestra propia identidad la que percibimos en primer momento como miseria y poca cosa. Suele ocurrir en momentos de crisis, causados por el momento histórico de un cambio de época o por la invasión y dominación de otra cultura.

Un cambio de época que cuestiona nuestra Identidad

No solo el pueblo de Israel puede contar con estas situaciones límites, sino todos aquellos pueblos que pueden remontar a un largo, a veces milenarios procesos históricos, en especial, los pueblos originarios de América Latina. Son situaciones que interpelan y cuestionan la propia identidad, cargada y acumulada de un badaje de propias construcciones, pero también de alienaciones, arrastradas inconscientemente a veces por siglos de dominación colonial, que pocas veces fueron cuestionados.

Cada cambio de época lleva consigo una crisis civilizatoria, levantando interrogantes sociales, políticos, culturales, económicos y religiosos que influyen en nuestra manera de pensar y de ser, en nuestro modo de producir conocimientos y saberes, en nuestro modo de llevar el ejercicio del poder, en nuestra manera de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza, en nuestra ubicación dentro del cosmos, etc. De repente, a ciertos esquemas de nuestra sociedad, aparentemente inapelables, se levanta sospecha. También nuestra visión  de la realidad está cambiando: conceptos intocables están puestos en interrogación como el de la persona de la familia, las instituciones, estructuras sociales en general, etc. Últimamente se cuestiona también la primacía de la ciencia y de la técnica, la visión antropocéntrica del cosmos, la monocultura y el machismo eclesiales, el concepto lineal de la historia, el progreso eterno y desarrollo infinito, el predominio de lo cibernético, digital, virtual, con lo cual no solamente la sociedad se ha puesto líquida, sino hasta el mismo amor se hizo “liquido”1. Todo queda confuso y abierto, en busca de nuevos paradigma: se necesita un nuevo horizonte, y éste se encuentra solamente mirando al pasado, a las raíces propias.

El Neoliberalismo, nuevo rostro del Colonialismo

En contexto en que se está dando transformaciones, es el neoliberalismo, un nuevo rostro del colonialismo. Hasta el siglo XX estaban en conflicto el socialismo y el capitalismo, manteniéndose más o menos el equilibrio. Con la desaparición del sistema socialista, el neoliberalismo como nueva forma del capitalismo, ha colonizado todo el planeta, traspasando las fronteras nacionales. Sus multinacionales, antes interesadas en fortalecer el Estado, hoy exigen la privatización de las entidades estatales, de manera que el Estado queda un “mero regulador de los contratos jurídicos y un represor de los sectores descontentos”2, los excluidos. Al sistema neoliberal ya no le interesa un mayor número de consumidores, sino el mayor número de dinero en manos de los actuales consumidores. Con eso hemos entrado en la era de la exclusión: quien no puede comprar y no tiene bienes, es despreciable, desechable y marginable en esta sociedad. Antes el trabaja fue interpretado con valor que imprimía dignidad y prosperidad al ser humano;  ahora el trabajo es considerado únicamente como fuente de ingreso. Mejor todavía es vivir la renta y disfrutar de la vida sin trabajar.

El sistema neoliberal, el neo-colonialismo actual, en su afán de monopolizar el poder y hegemonizar su pensamiento consumista, tiene que contar con la resistencia de la diversidad cultural: las culturas autóctonas generan desde su identidad una baluarte intransigente y dedican sus reservas sanas, adquiridas mediante su relación con la naturaleza, contra este sistema invasor; lo más idóneo para desenmascarar el engaño neoliberal que ofrece una falsa felicidad materialista. Es obvio que el neoliberalismo, como cualquier otro imperio colonizador, intenta imponer su pensamiento único, hoy con las estrategias de exhibición de películas, música, ropa, comida, etc. de su conveniencia para fomentar el deseo de consumirlo para “estar en la onda”, colaborando inconscientemente con la reproducción de este sistema. Es la tendencia contraria a la diversidad y particularidad de las milenarias culturas que habían nacido en las distintas regiones de nuestro Continente Abya Yala.

Lo mismo vale para la cuestión del poder en nuestro planeta.  A partir de 1492, con la conquista de Abya Yala y su intento de transformarlo en un “Nuevo Mundo”, América Latina perdió su particularidad originaria del principio de reciprocidad dentro de las naciones comunitarias no-imperialista. Fue reemplazado por estructuras de profundas diferencias sociales de exclusión, justificadas por un eurocentrismo superior y universal. Se construyó unos pocos centros de poder con grandes zonas periféricas que viven desde entonces de las migajas del poder centralizado. Dice Patricio Guerrero que una de las características de este sistema neo-colonial, es la “existencia de una razón colonial, inherente a su funcionamiento y reproducción del capital y la denominación económica, sino la colonización de los imaginarios y los cuerpos, lo que  posibilita la internalización de la denominación en los dominados y en consecuencia que las relaciones de poder mantengan su carácter colonial” 3.

La Colonización, destructora del mundo simbólico de los pueblos originarios

Hoy se reconoce que los pueblos originarios –a lo largo de los milenios- se han construido el sentido de su existencia, mediante símbolos. Estos símbolos, especialmente los religiosos, son la matriz de todas sus acciones que permiten a cada pueblo construirse su razón de ser, el sentido de su existencia y que dan la posibilidad de pensar y soñar un proyecto propio, una utopía propia, de convivencia. Sus actuaciones son interpretadas como acciones simbólicas cargados de significados. Los símbolos son también sus referentes para el  sentido político. Son construcciones culturales, impregnadas de espiritualidad.

En las culturas de los pueblos originaros, existe la convicción que todos los seres vivos en esta tierra han sido provistos de lo necesario para la vida. Según los irqueses, se mantiene la vida  en esta tierra mediante el amor entre los humanos y mediante el respeto  a toda clase de vida 4. Creen que nuestra vida solamente existe junto con la vida de los árboles, y que nuestro bienestar  depende  del bienestar de la vida de las plantas y animales, de los cuales somos parientes cercanos. Esta consciencia espiritual de interrelacionamiento en la convivencia es para ellos la forma más elevada de la consciencia política. Su profundo sentido simbólico les convierte en personas sumamente espirituales.

Cada cultura  es un conjunto de interacciones simbólicas que forma un sistema simbólico. La cultura y sus construcciones simbólicas pueden ser instrumentalizadas por el poder y la dominación. Toda sociedad, en momentos de crisis, provocados por una dominación y por un cambio de época, tiene la oportunidad de  renovarse en s identidad, descolonizándose para volver a sus orígenes desde donde pensar e inventarse su  porvenir autóctono. Para ser capaz de descolonizar, se necesita un horizonte abierto, un paradigma alternativo al sistema vigente, paradigma que debe estar escondido en la raíz de la propia cultura. De este modo, la descolonización es cuestión de reconstruir la identidad.

Margot Bremer rscj

 

 

 

 

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